No veo un pimiento

Homilía del 4º domingo de Cuaresma (Jn 9, 1-41)

sean-brown-2380-min.jpgSólo los que somos miopes sabemos lo que es salir de casa sin gafas… o con ellas, da igual. Los miopes no vemos un pimiento. Lo suficiente para no darte de tortas por la calle. Cosas como que la gente te diga qué antipático eres porque no les has saludado por la calle, que el conductor del autobús te eche la bronca porque hasta el último momento no te has dado cuenta de que era el que tenías que coger, que se ría la gente de ti porque tienes que ponerte a cinco centímetros de los carteles para leerlos, que te quedes mirando fijamente a una persona porque no sabes si la conoces… ¡¡somos unos sufridores!!

En el Evangelio de hoy, como en la vida, el tema de poder ver, abrir los ojos y ver bien cobra una relevancia muy particular. Se trata de un ciego de nacimiento al que Jesús cura untando un poco de barro en sus ojos y mandándole que se lavase en la piscina de Siloé. Luego viene la discusión con los fariseos que acusan a Jesús de curar en sábado, pero lo importante es el cambio que se da en ese hombre tanto en su cuerpo (poder ver las cosas, ver a sus padres, la naturaleza, la gente…) como en su espíritu: cuando al final del todo se encuentra con Jesús le dice “creo Señor” y se postra ante ciegonacimientoél. Bien sabemos que Jesús hizo muchos milagros de sanación.  Cada uno se realiza de un modo. A unos Jesús los sanaba porque se lo pedían; otros, como el caso de este ciego, ni siquiera se lo pidió. A unos sanaba tocándolos o dándoles la mano, a otros porque más bien ellos lo tocan a Él, y a otros sanó, sin siquiera tenerlos en su presencia. Pero en todos estos milagros se demuestra una cosa: el Señor no hace una sanación física, sin tocar profundamente el alma. Es más, siempre que sana lo hace para que el enfermo sanado crea en Dios y cambie y que ese cambio se extienda a la gente que tiene alrededor.

Cada uno de nosotros necesitamos que el Señor nos cure de muchas cosas. Pidámosle con especial fervor que cure nuestra alma y de modo particular cure nuestras cegueras para lo espiritual. Él es la luz del mundo. Y por mucho que le demos vueltas o que queramos buscar tres pies al gato, no se ve la vida igual con fe en Dios que sin ella. Ni tampoco, desde luego, se vive igual con fe que sin ella. No se vive igual la enfermedad, no se vive igual la muerte, no se vive igual una dificultad pequeña o grande, ni tampoco se viven igual las alegrías. Cuando sabes que ahí arriba hay un Padre que te ama todo se ve diferente. ¡Cuántas personas cercanas o cuántas experiencias personales tenemos de esto! Pienso en un marido que relataba la última conversación que tuvo con su esposa antes de que ella, enferma, muriera. Ella ya sabía que se acercaba el momento de dejar este mundo para pasar a la eternidad y en un momento que tuvieron a solas le dijo a su esposo: “cariño, estoy tranquila, no tengo miedo porque estoy con Jesús. Tampoco estoy angustiada por ti y por los niños, porque sé que estáis en manos de Dios. No me siento triste, sino que tengo curiosidad por ver lo que me tiene preparado el Señor. Sólo me queda la cosa de que quizá yo me apañaría mejor con los niños”. Impresionante.

ethan-sykes-201047-min.jpgAl ciego de nacimiento del Evangelio de hoy Jesús le regaló la luz del cuerpo, pero también le regaló una luz que le iba a ser mucho más útil en la vida, la luz del alma. La luz del alma es la luz que nos da la capacidad de entender el sentido de nuestra vida y de ver a Dios en cualquier circunstancia. Pidamos esta luz nosotros para que en medio de las cosas de la vida que tanto nos absorben no nos olvidemos de que hemos sido creados por Dios y que estamos en este mundo para servir y alabar a Dios, entregar nuestra vida a los demás y salvar así nuestra alma.

Pidamos también esa otra luz espiritual que nos permita no dejarnos llevar por las apariencias, sino saber ver el fondo de las cosas y, especialmente el fondo de las personas. Hoy hemos leído también un pasaje interesante sobre esto. Primera lectura. Cuando Dios manda a Samuel a ungir al nuevo rey de Israel le va diciendo según van pasando los candidatos: “no te fijes en las apariencias ni en su buena estatura. Lo rechazo, porque Dios no ve como los hombres, que ven la apariencia; el Señor ve el corazón”. Deberíamos aprender de esta frase, porque rápido las primeras impresiones nos llevan a tratar a unas personas mejor que a otras, sin entrar a descubrir quiénes son en realidad. Los hombres vemos la apariencia, es lo primero que se nos muestra. Dios ve el corazón.  

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