Como el perro de la foto

Homilía del 3º Domingo de Pascua (Lc 24, 13-35)

dog-1639528_1920Cuando un equipo sufre una derrota importante o pierde un partido decisivo, suele quedar tocado y resulta muy difícil mentalizarse para el siguiente partido (máxime si pierdes el clásico de la manera que lo perdió el Madrid el domingo pasado). Se queda uno como el perro de la foto. Gracias a Dios, en el caso del Madrid, nos hemos levantado rápido y le cayeron seis al Depor.

También a nosotros nos pasa que cuando luchamos por algo y se nos va al traste o confiamos en alguien y por lo que sea nos decepciona o hace algo que nos duele, nos cuesta mucho volver a comenzar nuestras tareas o volver a confiar en esa persona. Cuánto cuesta volver otra vez a retomar las cosas, volver otra vez a confiar en las personas, volver otra vez a empezar de nuevo.

Si leemos el evangelio de hoy, fácilmente vemos que este es, más o menos, el estado de estos dos discípulos que van de camino a la aldea de Emaús. Ellos habían seguido a Jesús y esperaban de él la liberación de su pueblo. ¿Qué tipo de liberación? Pues probablemente una liberación más bien política. Cuántos siglos había esperado Israel al Mesías y, ahora, cuando parecía que había llegado, aquel en quien esperaban resulta que lo cogen, lo azotan, lo crucifican y lo matan. Adiós a la esperanza. Nosotros esperábamos que sería Él el que iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó. Se llevaron un profundo desengaño. Tanto es así que cuando vienen las mujeres diciendo que unos ángeles les han dicho que está vivo, no las creen.  El caso es que algunas mujeres de las nuestras nos han sobresaltado, porque fueron de madrugada al sepulcro, y, al no hallar su cuerpo, vinieron diciendo que hasta habían visto una aparición de ángeles, que decían que Él vivía. Fueron también algunos de los nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como las mujeres habían dicho, pero a Él no le vieron. No pueden volver a creer, les cuesta volver a esperar en Jesús, no quieren llevarse otra desilusión. Y por eso se apartan de los Apóstoles y se van a Emaús.

Pero de camino se encuentran con Jesús. No lo reconocen, pero él les habla y les acompaña en el camino. Y al final, cuando Jesús se marcha después de haberles explicado la palabra de Dios y de haberles bendecido y partido el pan, entonces se dan cuenta de que está vivo y recuperan otra vez la esperanza y vuelven llenos de alegría a Jerusalén junto con los Apóstoles y los dem1479310034547170-min.jpgás discípulos.

¿Qué les ha pasado? ¿Por qué pasan de la desilusión y el desengaño a la esperanza y la alegría? Pasa que han escuchado la palabra de Dios (¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?) y que en la bendición del pan han reconocido al Señor.

También nosotros tenemos la palabra de Dios y un pan bendecido, que es la Eucaristía, en el que reconocemos al Señor presente con su cuerpo y con su sangre, con todo lo que Él es. Ésta es la fuerza que tenemos en nuestra vida y el alimento de nuestro espíritu: palabra de Dios y Eucaristía. Quien se alimenta de esto no sucumbe. ¿Altibajos? ¿Dificultades? ¿luchas? ¿Quién no los tiene? Pero en medio de todo eso tenemos a Dios presente en su palabra y en el sacramento.

Tres buenas costumbres que robustecen nuestra fe y nos hacen crecer en el amor a Dios:

  • leer todos los días un trozo del evangelio (puede ser el evangelio del día) y meditarlo, es decir, no leerlo de carrerilla y ya está, sino reflexionar sobre él, detenerme en la frase que más me llama la atención o ahí donde mi corazón experimenta algo al leerlo. cathopic_1492813432999264-min.jpg
  • acudir a misa. La misa no es un precepto. Si acudes a misa el domingo por cumplir un precepto no has entendido nada. Es un momento de encuentro con Dios. Las lecturas, las oraciones, los momentos de silencio, los cantos, la consagración, comulgar… todo lleva a Dios. Jesucristo se presenta en el pan y el vino de un modo misterioso, pero real, y cuando comulgamos es Él mismo el que viene a nosotros y se convierte en el alimento del alma que nos da fuerza para la lucha de la vida, para vencer el pecado y las tentaciones y para impulsarnos a un montón de obras buenas. Por eso, en esta segunda buena costumbre, no te digo que vayas a misa el domingo, que es lo mínimo, sino siempre que puedas, que a diario también hay misa en las parroquias.
  • Pasar a rezar junto al sagrario cuando veamos una iglesia abierta. En el sagrario nos espera el Señor. No tendría por qué hacerlo pero lo hace para que en él encontremos compañía, consuelo y ayuda. Cada iglesia abierta es una oportunidad para tener un rato, un minuto al menos, de estar con Él.

Dios quiera que el pasaje de los dos discípulos de Emaús nos impulse a encontrar en la lectura de la palabra de Dios y en la eucaristía la fuerza que Dios nos quiere comunicar. Se lo pedimos a la Virgen María.

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