¡Ay, pobrecitas!

Homilía de la Solemnidad de la Santísima Trinidad (Jn 3, 16-18Monasterio-Servidoras-Valencia.jpg)

Siempre que voy a un convento de clausura me vuelvo con una inyección espiritual brutal. Dosis de Dios en vena transmitidas por unas mujeres (aunque también hay hombres) que han entregado su vida por Dios de un modo admirable. Recuerdo una chica joven que dejó de ir de visita a un convento de clausura al que iba con su grupo parroquial. Dijo que ya no iba más porque si volvía otra vez se quedaba allí. Se veía tan contagiada por la felicidad de las monjas que nacían en ella deseos de vivir como ellas y no quería. A veces pensamos en las monjas de clausura y decimos “ay, pobrecitas”, o frases similares. Pobrecitos nosotros, oiga, que ellas están felices de la vida. ¿Cómo es posible si no van de compras ni salen por las noches? Pues porque cuando una persona con vocación se entrega a Dios, Dios lo da todo. Recuerdo una amiga mía que entró con las religiosas de La Aguilera. Estuve sin verla dos o tres años. Cuando fui de visita a su convento con otros compis sacerdotes tuvimos la oportunidad de hablar un rato y me decía: “Guillermo, yo pensaba que entrar de religiosa era renunciar al mundo y a un montón de cosas que me gustaban y me divertían. Después del tiempo que llevo aquí, me he dado cuenta de que no he renunciado a nada, porque Dios me lo ha dado todo y soy inmensamente feliz”. Me decía que recibía tanto de Dios, que no era consciente de haber renunciado a nada.

“Ay, pobrecitas”, se oye a veces. Pobrecitos nosotros.spinner_trinidad_fano-998x1024

Todos los años, en la solemnidad de la Santísima Trinidad, la Iglesia española celebra la Jornada Pro Orantibus. Si mi latín no se ha secado demasiado por falta de uso, pro orantibus significa “por aquellos que oran”. Es la jornada por aquellas personas que se apartan del mundo para dedicarse sólo a Dios a través de la oración y que, de esa manera, ofrecen su vida por el resto de la gente, por cada uno de nosotros, para que nos salvemos en la eternidad. Cuántas personas van a los conventos de clausura para pedir oraciones y las madres/hermanas/monjas/etc. les escuchan y les consuelan y rezan por ellos. Es una misión especialísima para la cual Dios escoge a personas en el mundo, hombres y mujeres, y les convierte en faros que iluminan nuestra sociedad porque nos enseñan lo fundamental de la vida. Cuando uno ve a los monjes de un monasterio felices en su pobreza, castidad y obediencia, se da cuenta de que sin cosas, pero con Dios, se puede ser feliz. Cuando uno ve a las religiosas de un convento de clausura se da cuenta de que no hemos sido creados por Dios para ganar dinero, pasárnoslo bien y morir resignados como el que dice “esto se acaba” o “se acaba lo bueno”, sino que hemos venido a este mundo para entregarnos a los demás, para gozar del amor de Dios e ir al Cielo.

El lema de la jornada de este año es “Contemplar al mundo con la mirada de Dios”. San Juan de la Cruz decía “el mirar de Dios es amar”. Dios mira el mundo y a cada uno de nosotros desde el amor eterno propio de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo. ¿Qué o quién es quién? San Agustín nos recuerda que el Padre es el eterno amante, el Hijo es el eterno amado, y el Espíritu es el amor eterno de ambos que ha llegado hasta nosotros. El Evangelio de hoy dice Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito para que todo el que cree en él no perezca, sino que tengan vida eterna. en otras palabras, Dios mira el mundo con amor y la consecuencia es que entrega a su propio Hijo para que tengamos vida eterna.

Es bonito ver cómo en los evangelios se habla de la mirada de Jesús (que es la mirada de Dios). En el mensaje de la CEE para este año se hace una recopilación de momentos en los que el Evangelio dice que Jesús mira a alguien: Jesús miró al joven rico y lo amó (Mc 10, 21); miró al publicano Mateo y lo llamó (cf. Mc 2, 14); vio al paralítico y lo curó (cf. Mc 2, 5); miró a la pecadora y la perdonó (cf. Lc 7, 48); vio al leproso y tuvo compasión de él (cf. Mc 1, 40); vio a la muchedumbre hambrienta y la sació (cf. Jn 6, 1-13); vio a Jerusalén cerrada a la conversión y lloró por ella (cf. Lc 19, 41); vio el débil corazón de Pedro y le aseguró la oración por él (cf. Lc 22, 32). Cuando Dios nos mira no se queda mirando y ya está, sino que demuestra su amor. Y al hacerlo, hace ver que toda persona es digna de ser amada.

IMG_2341.JPGEsta es la misión de los monjes y monjas de clausura: contemplar el amor de Dios al mundo y aprender a mirar ellos con la mirada de Dios, para participar de las alegrías y tristezas de los hombres, sus miedos y sus esperanzas, y ofrecer su vida por ellos. Es una misión preciosa, un privilegio que Dios les concede. Recemos para que aumenten las vocaciones a este modo de vida contemplativo y tratemos de participar un poco como cristianos, según nos lo permita el ritmo de la vida, de este modo de vivir.

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