Sé lo que hicisteis

Homilía del 34º Domingo del Tiempo ordinario, Jesucristo Rey del Universo (Mt 25, 31-46)

Comienza hoy la visita apostólica del Papa Francisco a Myanmar (antigua Birmania) y Bangladesh, una zona donde hay pocos católicos, pero que el Papa ha querido visitar para llevar un mensaje de paz. No quería comenzar hoy la homilía sin mencionar esto para que le acompañemos con nuestra oración y pidamos por los frutos de este viaje.

cathopic_1490970628248289.jpgEl domingo pasado me llamaron para ir a atender a una mujer moribunda. Una mujer joven. Fui al hospital, estuve con la familia y rezamos todos juntos con ella a la Virgen María. También, en presencia de todos le administré la Unción de enfermos. Se había confesado días atrás. No pude hablar con ella porque ya no estaba para hablar más que para pedir agua o alguna atención. Pero sí pude hablar con la familia, con su marido, con su hija de 17 años, con su hermana, con sus padres. He de decir que uno, a veces, va a estas cosas con cierto miedo porque no sabe lo que se va a encontrar. Tengo la costumbre de ir rezando a la Virgen por el camino para poder transmitir la esperanza cristiana sobre el más allá, una esperanza en la que creo firmemente no sólo como sacerdote, sino como persona. Sé que un día que no conozco mi familia entregará la vida a Dios y un día también tendré que hacerlo yo mismo. El domingo pasado en el hospital encontré una familia que estaba sufriendo, pero que se encontraba en paz. Dos cosas que nos cuesta conjugar y no voy a negar que es difícil explicar por qué es posible. Pero allí se palpaba. Y ellos lo decían y lo decían de aquella mujer. No tuve que decir mucho, solo acompañar, rezar, mostrar el cariño que uno tiene por las personas, porque ellos mismos estaban esperanzados. Y es que aquella mujer había puesto en manos de Dios su vida, sus pecados, la familia que dejaba. Y esto les daba paz y lo contaban con toda naturalidad. En estos casos uno es evangelizado por la gente normal y corriente.cathopic_1484302520250715.jpg

Hoy se cierra el año litúrgico con la solemnidad de Jesucristo Rey del Universo. Cuando Jesús se pone a predicar siempre va diciendo “está cerca el reino de Dios” o “el reino de Dios ha llegado a vosotros”. Sin embargo, 2000 años después, las cosas que nosotros asociamos a Dios y a su reino a menudo están lejos de aparecer a nuestros ojos. Pienso, por ejemplo, en un hospital, donde hay tanto sufrimiento, o en Egipto, donde han muerto cientos de personas esta semana. Pienso en gente que vive en la calle (hoy precisamente es el día de las personas sin hogar), personas que vienen a la parroquia con una mano delante y otra detrás o en personas maltratadas por su propia familia. También me viene a la cabeza simples riñas que rompen el cariño entre las personas o personas que se han visto solas en un momento delicado. Seguro que a todos nos viene muchas cosas a la cabeza. Y seguro que todas ellas resuenan en nuestro interior, o al menos debieran hacerlo, al leer el Evangelio de hoy: Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber… Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?… Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis…

Por supuesto, tiene su contrapartida, apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer.. etc. Son palabras que nos recuerdan que, al morir, Jesucristo examinará nuestra vida y, según haya sido, así nuestro destino eterno para bien o para mal. Son palabras que nos recuerdan nuestro compromiso con los demás pues el criterio que medirá nuestra vida será nuestro amor por el prójimo. Pero, además, hoy es muy bueno señalar que son palabras que nos recuerdan que Jesucristo, Dios y Señor, Alfa y Omega, Juez de la historia humana y de nuestra vida, se ha hecho uno con todo el que sufre. Y que cuando miramos a los ojos de alguien que pide en la calle, de alguien que está triste porque ha recibido una mala noticia, de alguien enfermo o moribundo, de alguien que piensa que Dios no existe o que le ha abandonado, de alguien rechazado por los demás, de un extranjero que me produce desconfianza por el hecho de serlo, de cualquier persona que sea nuestro prójimo… cuando miramos a esas personas estamos mirando a Jesucristo mismo. Esta verdad tiene un poder de transformar la realidad impresionante, porque te cambia a ti mismo. Empiezas a mirar distinto a las personas y te comportas distinto con ellas. Cuando ves a Jesucristo en quienes te rodean dejas de pensar en ti mismo y actúas con más amor. Y ahí, cuando reina el amor, sí se puede ver que el reino de Dios ya ha empezado. Yo tuve la oportunidad de ver a Cristo en aquella mujer.

cathopic_1493659116911010.jpgCuando Jesucristo predicó el reino de Dios lo hizo como algo presente pero en construcción. Es algo que Dios va haciendo, pero en lo que nosotros tenemos mucho que decir. Si asimilamos esta página que hoy leemos lo haremos mucho más presente en medio de este mundo donde demasiadas veces reina el mal. Es, por tanto, una página de esperanza, de promesa, de conversión, de tarea por realizar, pero, sobre todo, es una página donde se nos desvela, una vez más, el inmenso amor de Dios a los seres humanos. No pasemos por ella a la ligera.

 

 

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