“Que su alma sea tan hermosa como su perro”

Homilía del 6º Domingo del Tiempo ordinario (Mc 1, 40-45)

cathopic_1493207465243748.jpgDel santo Cura de Ars se tienen muchos testimonios de personas que hablaron con él, le escucharon, le consultaron cosas e, incluso, se confesaron con él. Una de ellas es la que le sucedió a un joven de 32 años llamado Dorel, que fue invitado por un amigo al pequeño pueblo de Ars, en Francia. Su amigo quería confesarse y pidió a Dorel que le acompañara. Dorel aceptó pero le dijo a su amigo que se llevaría a su perro y la escopeta para aprovechar a cazar patos. Cuando entran en el pueblo se cruzan con el cura, san Juan María Vianney, que tiene entonces 66 años. Al ver a Dorel le mira a él y a su perro y le dice: “Oiga, señor, sería de desear que su alma fuese tan hermosa como su perro”. Esas palabras se clavaron en el fondo del corazón de Dorel. Su perro era un perro de caza ágil, fiel, obediente, rápido y de buen aspecto. Pero su alma era un desastre. Desde hacía muchos años que no se preocupaba de cuidar su espíritu, ni su relación con Dios, ni esos valores profundos y valiosos que nos engrandecen como cristianos y como personas. Se había dedicado simplemente a vivir. Aquel día se confesó con el cura de Ars y cambió completamente de vida viviéndola de un modo más pleno y llenándola de la presencia de Dios.

Quizá esto es lo que debiéramos pensar a veces sobre nuestra vida: ojalá cuidáramos nuestra alma igual que nuestra mascota, que nuestro cuerpo, al que dedicamos tanto tiempo, que la ropa, la moto, la bici o el coche. Ojalá la cuidáramos igual que cuidamos nuestra popularidad o la opinión que los demás tienen de nosotcuracion-de-un-leproso.jpgros. Otro gallo cantaría…

El Evangelio de hoy nos conduce a hablar de varias cosas. Una de ellas es ésta, la limpieza de nuestra alma. En el relato que nos trae san Marcos, Jesucristo se encuentra con un leproso que le suplica de rodillas la curación de su lepra: si quieres puedes limpiarme. Asintiendo nuestro Señor, su piel quedó limpia de este mal. Es una muestra muy gráfica de lo que Él puede hacer con nuestra lepra interior. El paso de la vida, nuestra historia, la influencia de los demás, nuestros pecados, pueden haber dejado enferma nuestra alma. Ciertamente no podemos borrar de nuestro pasado lo que hemos hecho o lo que nos ha sucedido, ni rebobinar la vida para cambiar las cosas. Pero como al leproso del Evangelio, Dios sí puede curar la enfermedad o la herida de nuestro corazón. Escuchemos sus palabras: Quiero, queda limpio. Cuidar nuestra alma no es una cosa del siglo pasado, sino una necesidad muy actual. Tenemos un alma espiritual que necesita ser tocada por Dios como lo fue el leproso del Evangelio. Desde la Eucaristía, desde el sagrario, desde el confesionario, Dios sigue sanando nuestra alma.

Este hecho del leproso también nos conduce a hablar de algo muy presente en cualquier persona o en cualquier familia: la enfermedad. La enfermedad forma parte de nuestro mundo y con ella muchos sufrimientos que van más allá del sufrimiento físico. El sufrimiento del cuerpo puede ser intensísimo y hay enfermedades tremendamente dolorosas. Pero la enfermedad no trae solamente eso, sino también, a causa de ella, soledad, hundimiento, falta de esperanza e ilusión por la vida, desesperación, muerte. No hay más remedio que afrontarlo.

El mensaje del Evangelio de hoy, como el de muchos otros días, es que Dios nunca permanece al margen de nuestro sufrimiento, sino que se compadece y actúa. Actúa, en primer lugar, a través nuestro, a través del amor que nosotros desplegamos en favor de nuestros enfermos. Actúa a través de nuestros esfuerzos por alcanzarles un tratamiento médico adecuado. Actúa a través de nuestra compañía y cercanía para con ellos que es capaz de curar no la enfermedad misma, pero sí la soledad de quien no puede salir a la calle para hacer las cosas que hacía antes. Cura, también, el sentimiento de inutilidad de quien no puede valerse y la moral baja de quien tiene que vivir metido en una casa o en un hospital o en una residencia mientras los demás continúan haciendo su vida. No podemos descuidar este aspecto.

enfermos.pngPero nuestra acción como amigos o familiares tiene un límite. Hay momentos y situaciones a las que no llegamos y en las que poco podemos hacer y no hay más. Dios ahí también puede y quiere estar presente. No dejemos de valorar la oración por los enfermos y el ocuparnos de su atención espiritual. Que reciban la Comunión o la Unción de enfermos les conforta y les da paz y esperanza y les ayuda. Poder hablar con alguien de los temas tabú como los miedos, la vida eterna, la muerte, los que se quedan, y hacerlo con cariño, pero sin complejos, les ayuda y les hace bien, especialmente cuando sabemos, y normalmente ellos también saben o intuyen, que van a morir. Prepararse para el encuentro con Dios. Ninguno de nosotros es sólo un cuerpo y precisamos de los cuidados del alma. Este domingo, precisamente, celebramos la Virgen de Lourdes, patrona de los enfermos. A ella encomendamos también nuestros seres queridos enfermos y a quienes los cuidan. La presencia de nuestra Madre del Cielo también ilumina la vida de los enfermos y quienes sufren con ellos.

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