Oh, Dios mío, esto no me puede estar pasando a mí

Homilía del 5º Domingo de Cuaresma, día del Seminario (Jn 12, 20-33)

1482019904803774Aprovechando que hoy es el día del Seminario, la homilía va a ser algo más personal, porque tiene que ver con las vivencias de uno respecto de la vocación. Aunque supongo que cada cura tendrá su propia experiencia que contar, con más de uno he coincidido en que cuando se te empieza a pasar por la cabeza ir al seminario y ser sacerdote, lo primero que piensas es “oh, Dios mío, esto no me puede estar sucediendo a mí”. Y por más que intentas quitarte eso de la cabeza y mirar para otro lado, parece que alguien muy pesado te está preguntando dentro tu corazón “¿Quieres ser sacerdote?”. Esa pregunta se convierte en un impulso al que tienes que responder, no puedes pasar como si eso no existiese, tienes que decir sí o no. Y de algún modo captas, sin poder explicarlo, que eso viene de Dios y que quien te lo pregunta es Jesucristo. Cuando dices que sí experimentas una alegría enorme y sientes como si de repente tu vida encajara perfectamente dentro de algo mucho mayor que no es tuyo. Después viene el seminario con sus discernimientos, sus pruebas, sus enseñanzas, gente que entra, gente que se va. Vas descubriendo si eso que considerabas una llamada de Dios realmente lo es. A veces miras para adelante, piensas en todo lo que va a suponer ser sacerdote y te dan ganas de salir corriendo en cualquier otra dirección. Pero, como ha sido mi caso, si descubres que efectivamente Dios te ha llevado hasta ahí, te fías en plan “tú me has metido en esto, tú sabrás lo que haces, luego no me eches la culpa”. Cuando, después de unos años (van a hacer ocho en mi caso), miras para atrás, das gracias a Dios por estar aquí haciendo esto. Muchas veces he pensado en todos los compañeros que han ido pasando por el seminario y por el sacerdocio. Unos han continuado y otros lo han dejado tanto antes de ordenarse como después. Pienso en cada uno y me doy cuenta de que, desde luego, no seguimos adelante ni los mejores, ni los más espirituales, ni los más estudiosos, ni los más capaces, ni los más simpáticos, ni los que mejor hacen las cosas. Los que seguimos, simplemente estamos y bendito sea Dios.

Hay quien piensa que somos unos reprimidos, quien nos ve amargados, quien cree que estamos aquí porque no conocemos otras cosas o porque ncathopic_1495982416191715.jpgo aspirábamos a algo mejor. Hay quien nos ve con desconfianza por los escándalos y quien piensa que no valemos para nada. Hay también quien nos admira, nos apoya y nos quiere, incluso como parte de su familia. ¡A cuántas personas tiene que estar uno agradecido! Pero sobre todo eso está la llamada de Dios.

El Evangelio de hoy tiene mucho que ver con esto: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor.
Servir a Dios por encima de uno mismo, estar al lado del que sufre, unir corazones, la Eucaristía, llevar a Cristo a la gente, ofrecer la misericordia de Dios a quien tiene su vida rota por el pecado y su pasado… yo no puedo hablar por otros, pero si pudiera volver atrás, viajar en el tiempo hasta mis 17 años, volvería a ser sacerdote. Y si 100 vidas tuviera, 100 veces repetiría esta opción. Hay quien piensa en que un sacerdote renuncia a esto o a lo otro y nos mira con cierta pena como si estuviéramos perdiendo la vida, pero, en realidad, tras casi ocho años de cura, sólo puedo decir que todo lo que he vivido es un regalo de Dios que no merezco. Cada vez que estoy en el altar y celebro la misa y Cristo baja al pan o cada vez que absuelvo de parte de Cristo a una persona que busca el perdón de Dios, cada vez que escucho a alguien que viene a desahogacathopic_1518892238821393.jpgrse o cada vez que preparo una actividad parroquial, cada vez que me quedo rezando ante el Sagrario… todo es un regalo y no hay color entre lo que Dios me ha dado y lo que, supuestamente, yo he tenido que “renunciar” o dejar atrás.

Muchos son llamados a seguir este camino. Oramos por ellos para que descubran esta vocación y sean generosos para entregar su vida a Dios y a los hermanos. María es la Madre de los sacerdotes, Madre de esta bendita vocación. En su corazón de Madre depositamos a cada uno de los llamados al sacerdocio.

2 comentarios en “Oh, Dios mío, esto no me puede estar pasando a mí

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