Nadie da la vida por una mentira

Homilía del 3º Domingo de Pascua (Lc 24, 35-48)

cathopic_1493732049528608Los seres humanos estamos irremediablemente abocados a buscar las explicaciones de las cosas. Ante cualquier cosa, no permanecemos indiferentes, sino que nos preguntamos “oye, ¿esto por qué?”. El problema viene cuando por más que buscamos una explicación no la encontramos, no somos capaces de entender la situación y no sabemos ni qué hacer ni qué decir ni qué es lo mejor.

Tras la muerte del Señor, los Apóstoles lo pasaron tremendamente mal. Por un lado la persona a la que tanto amaban estaba muerta y eso les sumía en una profunda tristeza. Por otro, los judíos iban a por ellos y su propia vida también corría peligro. Ellos, además, no habían sido precisamente unos héroes durante los hechos de la Pasión, prácticamente todos abandonaron al Señor, lo cual seguramente les producía, también, mucho remordimiento. Y, por otra parte, no eran capaces de comprender y asimilar lo que había sucedido: que aquel a quien consideraban el Mesías, al que habían visto perdonar los pecados, caminar sobre las aguas, multiplicar los panes y los peces para que comiera la multitud, calmar la tempestad, curar ciegos, paralíticos, sordos, etc., que aquel a quien habían visto resucitar muertos, estuviera él mismo muerto, no era fácil de asimilar. Sin embargo, había sucedido. Y, después de haberlo dejado todo por Jesús y haber fracasado, no sabían tampoco qué hacer ahora.

¿Cuándo consiguen comprender lo sucedido y saber qué hacer con sus vidas? Cuando pasa algo que no podían ni imaginar: Jesús resucita y se les aparece. En la aparición que hemos leído en el evangelio d hoy vemos cómo sucede esto. Jesús se les aparece y al principio están tan confundidos que ni siquiera creen lo que están viendo y piensan que Jesús es un fantasma. Jesucristo empieza con sus explicaciones: mirad mis manos y mis pies, un fantasma no tiene carne ni huesos como yo tengo. Y les tiene que dar un prueba más clara comiendo delante de ellos. Uno puede tener una visión momentánea o un sentimiento de una presencia por cuestiones psicológicas, pero estar todos con alguien comiendo… es más difícil. De esta manera el Señor les muestra que su resurrección es real y no una ilusión, que no es un espíritu sino un ser humano con su propio cuerpo resucitado.cathopic_1494416752923972.jpg

Después les recuerda: esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros: que todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí tenía que cumplirse, en referencia a su muerte. Y, entonces, les dice cuál va a ser su papel desde ese momento: ser testigos de lo que habían vivido, la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, tal y como la primera lectura nos ha mostrado hablándonos de S. Pedro. Cuando ven a Jesús resucitado lo comprenden todo y la propia resurrección alejó de ellos el miedo a los judíos, la tristeza por la muerte de Jesús, el remordimiento por haberle traicionado y el desconcierto por no poder comprender ni asimilar cuanto habían vivido. Tanto fue así, que murieron mártires solamente por ir enseñando esto por todas partes. Nadie da la vida por una mentira o por algo de lo que duda.

Al igual que ellos nosotros también necesitamos que Jesucristo resucitado nos abra los ojos de la inteligencia para entender nuestra vida, entender el mundo en el que vivimos y cuál es nuestro papel en él, entender la Palabra de Dios y lo que Dios quiere de nosotros. Necesitamos la luz de Dios para comprender que en medio del mal brilla la luz de Dios. En el mundo en que vivimos se libra una batalla en la que estamos todos involucrados entre el bien y el mal. Aunque veamos crecer la mentira, la tiniebla, el mal, la luz de Cristo resucitado nos asegura la victoria. Durante todo este tiempo de Pascua tenemos el Cirio Pascual encendido para que no nos olvidemos de que Cristo ha vencido el mayor de los males, que es la muerte. Y por eso precisamente la batalla está decidida: la verdad vencerá a la mentira, la luz a la tiniebla, el bien vencerá al mal aunque haya momentos en que nos parezca que es al revés. El demonio tiene la batalla perdida.

cathopic_1494151618392028.jpgNuestro papel en esto es ser testigos de la fe. Al enseñar y dar ejemplo a nuestros hijos y a todos nuestros contemporáneos que Dios existe, que Cristo es Dios y que ha resucitado y que se ha quedado en la Eucaristía para nosotros, al hacer esto estamos consiguiendo que esa victoria no sea sólo de Jesucristo y de unos pocos, sino también nuestra y que llegue a las persona que más sufren las consecuencias del mal. Hay que convencerse de que si Dios verdaderamente llegara a todos lo corazones y reinase en ellos no habría mal en el mundo.

Pidamos con fervor que Dios nos toque de verdad, nos ablande el corazón y seamos testigos de verdad de la alegría que es el tener entre nosotros y dentro de nosotros a Cristo vivo y resucitado. Que la Virgen Santísima Madre de Dios y Madre nuestra no deje ni por un momento que nos apartemos de Dios

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