Un santo en Eurovisión

Homilía del 10º Domingo del Tiempo Ordinario (Mc 3, 20-35)

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Cantante Rasmussen

La noche del festival de Eurovisión 2018 llegué a casa tarde y puse la tele un rato para ver el festival. Justo aparecieron los daneses con una canción muy vikinga que me gustó (se puede escuchar aquí), aunque no tengo ni idea de inglés, y es de las pocas que recuerdo del festival. El caso es que, escuchando el programa Sexto Continente que conduce Monseñor José Ignacio Munilla, me encuentro que la melodía que ponen al comienzo del programa ya no es la de antes, sino que es esta canción con que los daneses se presentaron a Eurovisión. Así que me asaltaron grandes dosis de curiosidad. Tuve suerte y en el mismo programa Monseñor Munilla explica por qué ha cambiado de canción y qué tiene de especial esta canción danesa (se puede escuchar la explicación aquí).

 

Resulta que el artista que la canta, Rasmussen, reconoce que su letra está inspirada en un personaje del siglo XI que vivió en las Islas Orcadas, al norte de Escocia, y murió por negarse a luchar. Se llamaba Magnus Erlendsson, a la postre, San Magnus de las Orcadas. La historia de Magnus está narrada en La Saga de las Orcadas. Allí se cuenta que Magnus, que de joven había sido pirata vikingo, compartía el gobierno de las islas con su primo Hákon. Con el paso de los años, las envidias del primo por la popularidad de Magnus generaron desavenencias entre ellos que los situaron al borde de la guerra civil. Esta no llegó a producirse por lo siguiente. Según parece, llegaron a un acuerdo que iban a sellar en la isla de Egilsey el día de Pascua. Cuando Magnus acudió, su primo había preparado todo para matarlo. Los soldados de Magnus intentaron defenderle, pero el santo se lo prohibió para que no derramasen su sangre por su culpa (si no te suena, lee Mt 26, 47-56) y ofreció a su primo un trato para evitar muertes. Su primo lo rechazó y le mataron de un golpe en la cabeza (todo muy vikingo). Magnus murió, según cuenta la Saga, rezando a Dios, confesando sus pecados, orando por sus amigos y enemigos y, lo más importante, sacrificando su vida por la paz de las islas. Desde muy pronto la gente acudía a su tumba para rezar produciéndose milagros y curaciones.

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Iglesia de Egilsay donde San Magnus asistió a la Misa de Pascua horas antes de ser asesinado

La canción de Rasmussen habla de esta historia con referencias veladas, ya que Eurovisión prohíbe el contenido religioso en sus productos. Habla de ser el primero en retirarse, en subir a un lugar más alto, rendirse no es una derrota, la victoria por las armas no prevalecerá, y frases en ese sentido invitando a la paz y a mirar más alto.

Me ha parecido una historia relevante para comentar las lecturas de este domingo, que nos invitan a pensar, por un lado, que la leve tribulación presente nos proporciona una inmensa e incalculable carga de gloria (así le pasó a Magnus) porque lo que se ve es transitorio y lo que no se ve es eterno. En otro lugar dice san Pablo que los sufrimientos de ahora no se pueden comparar con la gloria que un día se nos manifestará. Nos viene bien meditar sobre esto de vez en cuando, porque vivir el Evangelio muchas veces implica poner en la balanza los premios del mundo en comparación con los eternos.

Por otro lado, el Evangelio nos invita a considerar cómo Jesucristo vivió esto en sus carnes. Dice san Marcos que, cuando Jesús estaba hablando y se agolpaba la gente para escucharlo, su propia familia vinieron a llevárselo, porque se decía que estaba fuera de sí y sus enemigos le acusaban de estar poseído por el demonio (tiene dentro a Belzebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios). No ha de sorprendernos ni lo más mínimo. Jesucristo apuesta completamente por los premios eternos y así lo enseñaba. Él relativiza e, incluso, desprecia los pilares sobre los que hoy el mundo fundamenta su felicidad: el poder, la riqueza y el placer. Recordemos algunas de sus frases. El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir o mi Reino no es de este mundo: no busca el poder. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?: las riquezas no son lo más importante. El Hijo del hombre no tiene ni donde reclinar la cabeza: el placer, la comodidad, el confort, no son cosas que busque Jesús, al revés. Incluso, y ya es el colmo, no le importa entregar su propia vida: nadie me quita la vida, soy yo quien la entrega libremente. Son todo frases suyas. Por eso, era normal que su propia familia pensase que no estaba en sus cabales.

cathopic_149799428233360.jpgTambién el cristiano que se toma esto en serio es tratado de la misma manera. Pareciera que estamos como en desventaja porque nos enseñan a poner el poder, la riqueza, el placer y todos sus sucedáneos al servicio de cosas más grandes como la paz, la verdad, el amor, el alma, la salvación eterna. Y, sin embargo, vivimos en un mundo donde si uno tiene que vender su alma para tener más, ser el mejor, estar por encima del otro, etc., se hace y punto. El ejemplo del Señor y de san Magnus va por otro lado.

Estamos en el mes del Sagrado Corazón de Jesús y sería bueno que nos refugiásemos en Él porque Él no es para nosotros solamente enseñanza y ejemplo (Jesús no es solo un maestro de cosas buenas), sino también fuerza y gracia divina (es Dios, con todas las letras). Que con su amor fortalezca nuestro corazón para que sepamos dar la vida y relativizar los valores del mundo.

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