No te fíes ni de tu padre

Homilía del 6º Domingo del Tiempo ordinario (lecturas)

cathopic_1513329940353373.jpgEstaba un día un padre solo con su hijo pequeño en casa y, entonces el hijo se sube a la mesa de la sala de estar, pero luego le daba miedo bajar, así que llama a su padre para que le baje. Entonces el padre se queda un pelín separado de la mesa, le abre los brazos y le dice “venga, hijo, salta”. “No, papá, que me da miedo”. “Que sí, salta, que te cojo”. “Papá, que me da miedo”. “Que soy tu padre, yo te cojo. A la de tres, una, dos…”. Entonces el niño a la de tres pega un salto, su padre se aparta y le deja caer al suelo. Cuando el niño está en el suelo llorando del trompazo que se ha metido su padre le dice: “¿ves, hijo? Para que aprendas a no fiarte ni de tu padre”.

Hemos leído hoy un trozo del libro de Jeremías en el que se dice: maldito quien confía en el hombre, y busca el apoyo de las criaturas, apartando su corazón del Señor. Hay un tema que recorre la Sagrada Escritura y, por ello, también, la vida cristiana, que es el tema de la confianza en el Señor, abandonarse en manos de Dios (y solo en Él). En nuestra mentalidad solemos decir que hay que tener los pies en el suelo o vivir con los pies en la tierra. Y solemos decirlo para expresar que en la vida hay que ser precavidos, medir, calcular, planificar y no vivir en las nubes, porque la vida es como es. Eso nos lleva a estar preocupados por el dinero, la salud, la comodidad, el futuro, lo que pueda pasar, y supone un agobio importante. A veces, incluso, en esa mentalidad, creer en Dios o rezar es una pérdida de tiempo. Le dices a alguien que rezas por él y te mira como diciendo “¿y eso a mi qué me soluciona?”. Para la Sagrada Escritura, el que está en las nubes es el que se olvida de Dios y el que tiene los pies en la tierra es el que pone en Él su corazón y confía en Él y deja que lo demás ocupe su lugar, un lugar importante, pero secundario. Por eso lo que hemos leído en Jeremías, maldito quien confía en el hombre, y busca el apoyo de las criaturas, apartando su corazón del Señor. Por eso, también, la respuesta que hemos ido repitiendo en el salmo, dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor.

Jesucristo habla también en ese sentido. En el texto de san Lucas de lascathopic_151153015386675 bienaventuranzas, que es el que leemos hoy, Jesús proclama bienaventurados a los pobres, los que tienen hambre, los que lloran, los que son odiados por la fe, y, por otro lado, se lamenta por los ricos, los que están saciados, los que ríen, los que reciben alabanzas de los demás. Es algo completamente inaudito. ¿Por qué dice Jesús eso? Porque Jesús promete y profetiza que habrá un momento en que se le dé la vuelta a la tortilla. A los pobres les promete el Reino de Dios. A los que tienen hambre, que quedarán saciados. A los que lloran, que serán consolados y se reirán. A los perseguidos por Cristo, que tendrán grande recompensa en el Cielo. Mientras que a los ricos, los saciados, los que ríen, los alabados les avisa: “Ay, de vosotros…”. Para ellos no pinta bien la cosa.

Esto será así porque, aunque a veces lo olvidemos, Dios tiene su justicia. Ahora estamos en el tiempo de nuestra libertad, donde vivimos y tomamos nuestras decisiones. Y Dios lo permite porque nos ha hecho libres. Demasiadas veces es tan fiel a nuestra libertad que lo permite hasta el escándalo. Pero también tendrá el momento de su justicia. Dios hará que los pobres hereden el Reino de Dios y los que han vivido sólo para el dinero y lo suyo envidien a los pobres. Dios hará que los que han pasado hambre pasen al banquete de la vida, mientras que los saciados de todo que se creían que nada les podía fallar se queden fuera de ese banquete. Y así con todas las bienaventuranzas.

Entonces, ¿quién es verdaderamente el que vive en las nubes y el que tiene los pies en la tierra? Vive en las nubes aquél que se cree por encima del bien y del mal y piensa que ni Dios ni nadie nunca le pedirá cuentas. Vive con los pies en la tierra el que es consciente de que Dios está ahí, de que tiene un alma, de que en la otra vida Dios hará justicia sin ninguna duda. Por ello, también, el que vive con los pies en la tierra trabaja porque esa justicia divina ya se vaya realizando aquí. Sabe que las bendiciones de Dios aquí, en cathopic_1518802629208802forma de salud, bienes, tiempo, capacidades, amor, amistad, las más grandes bendiciones que podamos imaginar, las recibimos para compartirlas e ir adelantando y manifestando ya, de modo palpable y tangible, esa promesa de justicia divina de las bienaventuranzas.

No dejemos de encomendarnos hoy a Dios y a la Virgen para ser gente con los pies en la tierra y corazón y mirada en el Cielo. Sólo en Dios nuestra esperanza y confianza.

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