¿Cuántas veces te lo tengo que repetir?

Homilía del 24º Domingo del Tiempo ordinario (lecturas)

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Nuestras madres nos han dejado frases gloriosas para la posteridad. Frases que una generación tras otra se van repitiendo una y otra vez. Nadie sabe quién fue la primera, pero, desde luego que ha creado escuela. “Como vaya yo y lo encuentre…”, “no te tragues el chicle que se te van a pegar las tripas”, “me duele más a mi que a ti”, “¿te crees que he nacido ayer?”, “¿qué hay de comer? – Comida.”. Y un auténtico sin fin de frases épicas y gloriosas que se van repitiendo a lo largo de los siglos. Una de las más repetidas, al menos en mi casa, es “¿cuántas veces te lo tengo que repetir?”. Tú ahí sin saber por qué te lo está diciendo o de dónde te está viniendo ahora la bronca, pero algo habías hecho. “¿Cuántas veces te lo tengo que repetir?”.

No sé si quizá es un poco forzado el traer esto a la homilía, pero, a veces también pienso cuántas veces nos tiene que repetir el Señor las cosas. Y, especialmente, cuántas veces nos tiene que repetir cuánto nos ama. Parece que también se nos olvida. A veces es el peso de la culpa, otras veces el sufrimiento, en ocasiones son las ocupaciones… nos podemos olvidar del amor que Dios nos tiene y dejar de acercarnos a Él como hijos que confían.

En ese sentido, las parábolas que cuenta Jesús en el Evangelio de hoy nos vienen

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fenomenal, porque a través de ellas nuestro Señor nos describe cuál es la reacción de Dios cuando acudimos a Él. En un momento en el que le critican por estar con pecadores y comer con ellos, Él explica con parábolas cuál es la reacción de Dios cuando un pecador acude a su misericordia. Fijémonos en algunas de las frases: habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse, la misma alegría tendrán los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta, era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado. Para Dios, el encuentro con un alma que le busca es siempre de alegría y de gozo inmenso.

La parábola del hijo pródigo lo muestra de un modo muy gráfico. Un padre, dos hijos, uno de ellos le pide la herencia y se marcha lejos para vivir perdidamente. Este hijo hiere profundamente al padre. El desprecio que le muestra sólo al pedir la herencia es tremendo. No es sólo el hijo que se quiere ir de casa porque no aguanta. Es que es como decirle a un padre que se muera. Y lo reafirma el hecho de tomar la decisión de marchar a un país lejano, pues en aquel entonces eso suponía prácticamente no volver a tener noticias. Y, luego, ¿por qué regresa? El motivo por el que se plantea volver a casa no es el amor a su padre, sino el pasar necesidad: Recapacitando entonces, se dijo: “Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre”. Está pensando en él, no en su padre. Sin embargo, vuelve arrepentido: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros. Y la reacción del padre es conmovedora, porque no se muestra ofendido o resentido hacia su hijo: cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó cuello y lo cubrió de besos. Cuando Jesús narra esta parábola nos quiere mostrar que no importa el motivo por el que nos hayamos apartado de Dios, Él siempre nos espera con los brazos abiertos. La puerta de su corazón está siempre abierta, aunque no lo merezcamos.

La vida nos puede llevar por muchos sitios y situaciones. Muchos de ellos no son

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favorables para decir “Señor, yo creo y te amo”. Pero Jesús nos ha dejado tan clara la inmensidad del amor de Dios, que no podemos olvidarnos nunca de Él. Podemos caer y levantarnos, pecar y arrepentirnos y confesarnos, abandonarnos en la fe y volver, pero nunca olvidarnos de que Él está ahí, nos ama y nos espera con los brazos abiertos. Quizá, como hacían o hacen nuestras madres, nos lo tengan que repetir muchas veces, pero para eso nos ha quedado la cruz. Cada crucifijo es un recordatorio del amor que Dios nos tiene. Tenerlo en casa y mirarlo muchas veces nos hace mucho bien.
Pidamos a la Virgen María que nos ayude a mirar la cruz, a recordar el amor que Dios nos tiene para que nunca olvidemos ni desconfiemos de ese amor que ha subido al Hijo de Dios a un madero.

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