Lo que me enseñó el cardenal Richelieu

Homilía del 25º Domingo del Tiempo ordinario (lecturas)

índiceSeguro que todos hemos oído hablar del cardenal Richelieu. La novela de Alejandro Dumas “Los tres mosqueteros” ha hecho que su nombre sea conocido en todo el mundo. Otra cosa es la realidad del personaje histórico. Cuando uno conoce un personaje histórico a través de una novela, serie o película tiene que tener cuidado con la imagen que se crea de ese personaje, pues se tiende habitualmente a transmitir la imagen que el autor tiene de él mezclada con hechos históricos más o menos verdaderos. El caso es que, sea como fuere, del cardenal Richelieu, que fue primer ministro de Luis XIII de Francia, se dice que “en su vida hizo pocas cosas buenas y muchas malas; las buenas las hizo muy mal y las malas las hizo muy bien”. Tiene tela que digan eso de uno. Es como decir “qué listo era el tío… pero para el mal”.

Es, en el fondo, algo parecido a lo que dice Jesús del protagonista de la parábola.  Un hombre que trabaja de administrador o gerente para otro señor y que le van a despedir por haber cometido fraude. Cuando ve que le van a echar por fraude se busca las vueltas para asegurarse el futuro congraciándose con los deudores de su amo aprovechando su posición para favorecerles. Así consigue fastidiar a su jefe y tener quién le sostenga una vez le despidan. Incluso el propio amo le felicita por una jugada tan astuta.

Y ahí el Señor concluye con una frase que constituye una de las enseñanzas del evangelioa9c952_astuto de hoy: los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz. Parece que, al decir Jesús esta frase, hay como una especie de lamento o, más bien, deseo del tipo: “ojalá los hijos de la luz, mis hijos, fueran igual de astutos para las cosas buenas”. Es una especie de suspiro del Señor, que quiere que actuemos para el bien con el mismo interés y astucia que usamos para otras muchas cosas que nada tienen que ver con Dios o con el servicio desinteresado a los hermanos. Claro que no quiere Dios que imitemos el comportamiento injusto, pero sí que sepamos también empeñarnos con inteligencia para ser fieles a Dios, para dar testimonio del Evangelio, para transmitir cuánto nos ama Dios. Qué bueno sería que dijeran de nosotros lo contrario de lo que dicen del cardenal Richelieu, o sea, “fulanito ha hecho muchas cosas (o pocas) bien y casi ninguna mal (o bastantes), las buenas las ha hecho muy bien y las malas muy mal”.

Hay una virtud de la que no hablamos mucho, que es la diligencia. Ser diligentes para las cosas buenas. Es una palabra que viene del latín y que en latín significa amar. Cuando uno ama algo, entonces lo busca con prontitud, lo hace con cuidado para hacerlo bien y no de cualquier manera. Tendríamos que tener para los rezos y la misa, para el cumplimiento de los mandamientos, para las obras de caridad y voluntariado, los favores, para el cuidado y la atención de las personas, etc., la diligencia, el cuidado, la atención, la ilusión que tienen, por ejemplo, una novia que prepara su boda y todo tiene que estar perfecto y al detalle o un atleta en su preparación, que todo lo sacrifica para estar listo de cara a la competición; fijémonos en un empresario que lucha por sacar la empresa adelante, 24 horas de dedicación, o en un estudiante haciendo el proyecto de fin de carrera, que no existe otra cosa más que el proyecto ni novia ni amigos ni nada… De los que preparan el MIR o una oposición ya ni hablamos. Los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz.

Si tuviéramos esta dedicación para Cristo podríamos hacer cantidad de cosas maravillosas y estupendas no por grandes y reconocibles que todo el mundo se incline a nuestro paso, sino maravillosas y estupendas simplemente por buenas, por la bondad que hay en ellas, la ilusión y prontitud que le hemos puesto y la presencia de Dios en cada una.

dios_dinero.jpgJesús concluye todo esto de la parábola con una sentencia: Ningún siervo puede servir a dos señores, porque, o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero. Y es verdad. Dice un proverbio judío “todo hombre considera que tiene mucha inteligencia pero poco dinero”. Nos gustaría tener más. Pero nuestro fin en la vida no es ese. Y tenemos que elegir entre la lógica del mundo, que básicamente es la del dinero, el poder y el placer, y la lógica de Dios, que es la del amor, la humildad y la entrega. Amar como Cristo hasta la entrega de uno mismo.

Que la Virgen María acompañe nuestro camino para que tengamos la lucidez suficiente para vivir para Cristo abandonando la lógica del mundo y abandonándonos a la lógica de la cruz, que es la del amor de Dios.

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