Apostando

Homilía del 31º Domingo del Tiempo ordinario (lecturas)

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No sé si saben que san Juan Bosco es el patrón de los malabaristas. Fíjense que hasta los malabaristas tienen un santo patrono. Se ve que hay santos para todo, así que nadie puede decir “es que yo me dedico a hacer malabares en los semáforos y cómo voy a ser santo así” o cosas por el estilo, porque siempre hay un santo adecuado para gremio.

Pues, como decía, san Juan Bosco es patrono de los malabaristas. La cosa es por qué lo es. Todo empezó, en realidad, cuando el pequeño Bosco tenía nueve años. A esa edad tuvo un sueño profético que le marcó toda su vida. En el sueño él aparecía cerca de su casa en un paraje muy amplio. En ese paraje había muchos niños que jugaban y, en medio de sus juegos y risas, blasfemaban. El pequeño Juan, al oírles, se quiso meter para callarlos a puñetazos e insultos. Entonces, apareció un hombre de aspecto respetable y luminoso, que le llamó por su nombre y le dijo que debía enseñarles el buen camino no con puñetazos sino con amor.

Aquel niño no sabía qué quería decir aquello. Pero, a medida que fue creciendo y haciéndose joven, sintió la necesidad de enseñar el Evangelio a sus compañeros y amigos. Para ello aprendió juegos y malabares. Con ello se acercaba a los muchachos, les entretenía y, entre juego y juego, les daba catequesis. Después, ya de sacerdote, dedicaría su vida a la formación espiritual y humana de los jóvenes. Muchos de esos muchachos se criaban en la calle, donde aprendían muchas malas mañas, y nadie daba un duro por ellos, porque los veían como maleantes y rateros. Pero, a esos muchachos por los que nadie daba un duro, san Juan Bosco dedicó su vida. Él apostó por ellos y trató de encauzarles y cuántos, efectivamente, encauzaron su vida gracias a este santo y la obra por él comenzada.

San Juan Bosco fue como una especie de buscador de zaqueos. Hacía con los jóvenes lo que Cristo hizo con Zaqueo.

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Zaqueo era una persona súper despreciada. Era un publicano, pero no uno cualquiera, sino que era el jefe de todos ellos en una ciudad importante, como era Jericó. Los llamados publicanos se dedicaban a recaudar el impuesto para el imperio romano, enemigo opresor de los judíos, y se enriquecían injustamente con ello. Por ello eran odiados por los judíos y considerados pecadores de la peor calaña. Eran muy ricos, sí, pero no tenían amigos entre los judíos.

Sin embargo, Cristo apostó por él. Viendo el deseo de Zaqueo de verle, aunque solo fuera por curiosidad, se autoinvita a su casa. Todos criticaban el gesto (ha entrado a hospedarse en casa de un pecador), pero Jesucristo pasa de comentarios y le da esa oportunidad. Mientras todos miran a Zaqueo como un mal bicho, Jesús le trata como un amigo: quiero hospedarme en tu casa. Y aquello le cambió completamente la vida: mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más.

Sería bueno que pensásemos que las personas, empezando por nosotros, sólo necesitamos alguien que nos quiera y que apueste por nosotros para sacar lo bueno que Dios ha puesto en nuestro ser. No hay nadie que no haya sido creado a imagen de Dios. Y, en ese sentido, hay muchos zaqueos esperando su oportunidad, porque las personas, repito, empezando por nosotros, independientemente de lo torcida que pueda estar por momentos nuestra vida, llevamos en el corazón el deseo de Dios, del bien y de la verdad. Y esto es especialmente marcado en los jóvenes, a quienes vemos muchas veces desorientados existencialmente.

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Dice Jesús que el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido. Y eso es porque Dios no da a nadie por perdido, sino que ve en cada uno un alma que salvar y cuanto más difícil o más perdida, con tanto más empeño trata de rescatar a esa persona. Qué bueno que nosotros nos subiéramos al carro del amor de Dios para mirar a las personas como Él y apostar por ellas como Él lo hace.

Pedimos a Jesús que visite nuestro corazón como a Zaqueo, con su Madre santísima, y nos contagie con su amor y su alegría.

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