El “te quiero” más grande de la historia

Homilía del 4º Domingo de Cuaresma

Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna.

Con esto de las redes sociales ha surgido una costumbre muy curiosa entre los chavales. Cuando alguien cumple años, sus amigos suelen subir a instagram una foto del cumpleañero, no siempre la más agraciada, unas veces solo, muchas veces con la persona que la sube, para felicitarle. Normalmente, sobre todo en las chicas, esa foto va acompañada de alguna frase tipo “te quiero hasta el infinito”, “no me dejes nunca”, “por muchos más momentos juntos” y cosas por el estilo.

Hay muchos modos de decir te quiero a una persona. Se puede decir con palabras: “te quiero”. También se puede subir una foto, se puede mandar un mensaje, se puede sonreír, dar un beso o un abrazo, se puede invitar a algo, se puede escuchar a otro en sus cosas, se puede echar una mano en algo, preparar el desayuno por la mañana o poner la mesa a la hora de la comida. A veces un “te quiero” puede venir en forma de regaño por algo que está mal o puede venir en forma de silencio aguantando un chaparrón. Un “te quiero” puede tener forma de perdón, de aguantar aunque se ponga pesado, forma de acogida y hospitalidad, forma de atención y cuidado cariñoso a un enfermo… hay muchas maneras de decir a alguien “te quiero”.

Dios ha tenido un modo particular de decirnos te quiero. Comenzó un día por crear el mundo, ajustar sus leyes y mecanismos biológicos, físicos, químicos, etc. Continuó por insertar cada una de las especies que han existido y existen y al ser humano en el camino de la evolución. No había por qué, no venía a cuento, pero lo hizo y la única explicación es su amor por nosotros.

Sin embargo, cuando todo iba viento en popa y el amor de Dios lo inundaba todo, el ser humano respondió a ese “te quiero” con egoísmo, orgullo, desconfianza hacia Dios, con el pecado. Aquello no llevó a Dios a decir “ya no te quiero”, sino que fue la ocasión para mostrar su amor de otra forma, la forma de perdón. Y para que ese amor que perdona fuera visible el Verbo se hizo carne. Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. O, como dice san Pablo, también, en la segunda lectura de hoy: Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho revivir con Cristo, nos ha resucitado con Cristo Jesús, nos ha sentado en el cielo con él.

El “te quiero” de Dios a cada uno de nosotros traspasa la historia de principio de principio a fin y continuará durante la eternidad. Abarca lo alto, lo bajo, lo ancho y lo profundo. No se detiene, no pierde intensidad y, sobre todo, es fiel siempre. Con cada pecado nuestro Dios reitera su fidelidad las veces que haga falta.

La Semana Santa, hacia la que nos encaminamos, es la oportunidad que tenemos cada año de escuchar de modo especial ese “te quiero” de Dios. Toda la vida de Cristo es un “te quiero” de Dios: cuando enseña, cuando cura, cuando perdona, cuando atiende, cuando ora… pero en su Pasión y Muerte su “te quiero” tiene forma de sacrificio y entrega y llega a su máxima expresión. En cada momento de la Pasión podemos ir repitiendo me amó y se entregó por mi.

Leyendo el evangelio de hoy podemos escuchar ese “te quiero” de Dios y dar gracias por tanto amor derramado sobre nosotros. También podemos pensar en cómo ha sido nuestra respuesta a ese amor fiel que tras el pecado o el olvido se reafirma una y otra vez. Y quizá, también, podemos ver cuántos “te quiero” decimos a lo largo del día, no sólo con palabras, sino con la atención, la ayuda, la paciencia, el perdón, el detalle inesperado, el estar ahí, el silencio, el gesto… hay una y mil maneras de decirlo, no nos dejamos llevar por el egoísmo y el ensimismamiento.

Pidamos al Espíritu Santo que entre en nuestro corazón para que, en lo que queda de Cuaresma, acojamos el amor de Dios y busquemos responder a él como se merece.

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