Solo, en medio de la gente

Recuerdo un campamento de adolescentes en el que había un chaval súper majo, de esos que se llevan bien con todo el mundo. Parecía inmune a los típicos grupos que se forman entre los chavales, al ir encajando los unos con los otros. A este chico lo veías indistintamente con unos y con otros. Por eso fue más sorprendente lo que pasó. En uno de esos pocos momentos en que un acampado está solo lo encontramos triste, con los ojos de haber llorado. Al preguntarle qué pasaba dijo que se sentía solo y que no tenía amigos. Fue muy sorprendente porque no era un chico que estuviera aislado de los demás o sufriera bullying o tuviera algún problema. ¿Cómo podía ser eso?

Hablando con él pudimos entender que, aunque estaba con todo el mundo, en realidad no era amigo de ninguno, porque no tenía confianza para abrirse con nadie, compartir sus vivencias, preocupaciones, sentimientos, hablar de sus cosas. Siempre se mantenía en un nivel superficial, de risas, anécdotas, hacer el tonto, y le daba miedo ir más allá. Daba la sensación de que, para suplir eso, iba cambiando de amigos y por eso estaba con unos y con otros, pero solo es una impresión.

Es cierto que uno puede estar solo aunque esté con gente. Cuando en la amistad no se comparte lo propio, no hay espacio para abrirse desde el corazón, el sentimiento de soledad es inevitable, aunque nos acostumbremos a ello.

En el Evangelio de hoy aparece una situación semejante. Soledad en medio de la gente, aunque por otros motivos. Se trata de un sordomudo. Qué complicado tiene que ser estar en una conversación y no poder oír qué se habla. Ver a todos reírse de algo y no entender por qué. Tener que decir algo y no poder expresarte. En el ámbito judío de Jesús, además, se consideraba un mal enorme porque un sordomudo no puede oír la Palabra de Dios cuando se proclama, ni tampoco rezar con los demás. Jesús cura a un sordomudo que le presentan tocando su boca y sus oídos diciendo en arameo “effetá” (“ábrete”). La multitud quedó admirada por la acción de Jesús.

Se trata de una curación que significa mucho. Para aquella persona no era solo la curación del cuerpo. Era la curación de la soledad. Era poder estar en medio de los otros como uno más. Es que poder escuchar y hablar, en el fondo, es poder compartir con los demás lo que somos sin barreras ni tapujos. Es poder abrirte al otro como eres y poder acogerlo tal y como es. Es poder tener una relación personal. Es amar y ser amado.

Hay muchas soledades de estas en todas las edades. En los jóvenes se esconden detrás de las fiestas, botellones, ligoteos, chismes, redes sociales. En los adultos quizá buscamos más el estar a mil cosas, llenarnos de tareas que hacer. En el fondo está la soledad de no sentirte escuchado, aceptado, querido, no saber a quién contarle algo que te pasa o ver que a otro le pasa algo y tú no puedes estar ahí. Esta es la soledad de que estamos hablando. Hay una soledad buena, que es la que tenemos que buscar a veces para despejarnos y conectar con Dios. Hablamos de la mala.

Si de aquí tiramos del hilo, fácilmente veremos que el Señor nos llama a poner en juego la acogida del otro y la confianza y no dejar que el frío invada nuestras relaciones. Es curioso, en ese sentido, que en el milagro del evangelio de hoy, Jesús, al curar, se lleva al sordomudo a solas y le toca con sus manos. Podía haberlo curado sin más, con un chasquido de dedos, con su sola palabra, pero quiso estar con él y hacerle sentir su compañía físicamente. Me hace pensar cuánto estamos perdiendo en relaciones humanas durante la pandemia y cómo la soledad se acentúa y trae otros males que matan el corazón.

Por otro lado, esta curación del sordomudo tiene también un significado espiritual. Ese effetá, ese ábrete, también tiene que ver con los sentidos espirituales que nos hacen reconocer a Dios en nuestra vida. También nuestra relación con Dios puede estar llena de soledad, porque vivimos nuestra amistad con Él superficialmente, sin llevar realmente lo que hay en nuestro corazón a nuestra relación con Dios. Cuando la relación con Dios no se vive al 100%, apostando todo por Él, la soledad aparece, porque ese tanto por ciento que no pones en Dios lo empieza a ocupar el yo, el “yo, mi, me, conmigo y para mí”, y lo empieza a ocupar el mundo. Y éstos demandan cada vez más y cada vez más hasta que Dios queda en un espacio pequeño y superficial de nuestra vida.

La única palabra que hoy Jesús pronuncia en el Evangelio es muy muy importante: “effetá”, “ábrete”. Estamos llamado a abrirnos a Dios al 100%, estamos llamados a abrirnos al otro al 100%. Cuando por “a” o por “z” nos abrimos menos a uno o a otro comienza la soledad. La soledad es deshumanización. Repetir esa palabra de Jesús y orar con ella hoy, teniendo de fondo lo que venimos hablando, puede hacernos mucho bien, para caer en la cuenta de cuánto podemos hacer por curar la soledad de los demás, por curar nuestra propia soledad y la soledad que invade en ocasiones nuestra relación con Dios, porque no hemos apostado el 100% por Él.

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