¡Ay, pobrecitas!

Homilía de la Solemnidad de la Santísima Trinidad (Jn 3, 16-18) Siempre que voy a un convento de clausura me vuelvo con una inyección espiritual brutal. Dosis de Dios en vena transmitidas por unas mujeres (aunque también hay hombres) que han entregado su vida por Dios de un modo admirable. Recuerdo una chica joven que …

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