¡Cómo duele ser humilde!

Homilía del 22º Domingo del Tiempo ordinario (lecturas)

El_Greco_-_Saint_Louis_roi_de_France_et_un_page_02San Luis fue rey de Francia en el s. XIII, Luis IX de Francia. Hijo de Doña Blanca de Castilla, a su vez hija de Alfonso VIII de Castilla, fue coronado rey a los doce años, quedando el reino bajo la regencia de su madre, que fue quien preparó a su hijo para los menesteres de rey y de educarlo en el temor de Dios y la piedad cristiana. Fundó con su capellán la universidad de la Sorbona, hospitales y monasterios y fue gran impulsor de la séptima y octava cruzada, muriendo en ésta última consecuencia de la disentería.

San Luis se casó con Doña Margarita de Provenza y tuvo con ella once hijos. A su sucesor, Felipe el Atrevido, le escribe unas palabras que han quedado como Testamento espiritual en las que le dice, entre otras cosas:

“Hijo amadísimo, lo primero que quiero enseñarte es que ames al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con todas tus fuerzas; sin ello no hay salvación posible.

(…) Además, si el Señor permite que te aflija alguna tribulación, debes soportarla generosamente y con acción de gracias, pensando que es para tu bien y que es posible que la hayas merecido. Y, si el Señor te concede prosperidad, debes darle gracias con humildad y vigilar que no sea en detrimento tuyo, por vanagloria o por cualquier otro motivo, porque los dones de Dios no han de ser causa de que le ofendas”.

Son las palabras finales de un padre a su hijo, pero también de un rey a su sucesor que, sabiendo lo que supone ser rey, la importancia y dignidad de su cargo, le enseña a su hijo, como si de un encargo se tratase, que sea humilde. No le encarga conquistar tierras ni alcanzar gloria y honor, sino ser humilde y reconocer que por encima de todo reinado terreno está Dios, a quien uno rinde cuentas y a quien debe reconocer en la tribulación y en la prosperidad, porque la sabiduría de Dios es más grande que la nuestra y su amor está más allá que nuestra propia capacidad de amar. Los dones que recibimos de Dios no son para hacernos más grandes, sino para servir y ponerlos a su

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 disposición.

Es el mensaje de la Palabra de Dios de hoy: el libro del Eclesiástico, Hijo, actúa con humildad en tus quehaceres, y te querrán más que al hombre generoso. Cuanto más grande seas, más debes humillarte, y así alcanzarás el favor del Señor. O las palabras de Jesús, todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.

La humildad no es una virtud que esté de moda. Es habitual querer estar siempre por encima de todo, que nos den la razón, que nadie nos mande o nos regañe, ganar a toda costa, ser los protagonistas, el aceite de todas las ensaladas… Estamos acostumbrados a que quien tiene cierta relevancia haga uso de ella viviendo y actuando como si fuera el rey del mambo y estuviera por encima del bien y del mal. Hoy las lecturas nos ofrecen una ocasión preciosa a todos para ubicarnos de cara a Dios y de cara a los demás. Para ello es bueno meditar un poco sobre cómo vivió Cristo su vida terrena, “que no vino a ser servido sino a servir” (Mt 20, 28) y lo demostró con su vida, “siendo de condición divina no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango tomando sobre sí la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres” (Fil 2, 6-7), “Jesucristo, siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza” (2 Cor 8, 9). Su ejemplo de humildad no puede pasar desapercibido para nosotros.

La humildad, como digo, nos enseña a ubicarnos de cara a Dios y de cara a los demás. Nos hace bien caer en la cuenta del ejemplo del Hijo de Dios, de que hay un Dios que es más grande que nosotros, de que la actitud que Dios quiere no es la de la superioridad, sino la del servicio.

cathopic_1539577845361823.jpgEl problema es doble. Primero, que la soberbia se nos esconde fácilmente y se nos justifica enseguida, normalmente bajo la excusa de la dignidad, de lo que nos corresponde, de lo que es justo. Segundo, que, ¡cuánto duele ser humilde! Un ejemplo tonto: cuando nos tropezamos por la calle, qué nos duele más, la caída o el que la gente nos vea… muchas veces nos importa más lo segundo. Si alguien quiere comprobar de verdad cuánto duele ser humilde, recomiendo rezar con las letanías de la humildad del cardenal Merry del Val. Cada invocación es un tortazo a nuestro orgullo, que nos coloca en nuestro sitio y la verdad es que nos viene muy bien.

Todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido. No olvidemos a la Virgen María y cómo ella habla de sí misma: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, porque Dios ha mirado la humildad de su esclava” (Lc 1, 46-48)

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