Miedo a desperdiciar la vida

Homilía del 18º Domingo del Tiempo ordinario (Jn 6, 24-35)

37838825_10210051183515710_1144008085963014144_o.jpgEn el pasado mes de julio servidor fue con los jóvenes de su parroquia a una peregrinación que organizó la Delegación de Juventud de la Diócesis de Madrid. Nos juntamos 350 jóvenes. Una experiencia preciosa visitando lugares emblemáticos para la fe en España como son Liébana, Covadonga y Santiago. No es un viaje de placer. Cuando los jóvenes se apuntan saben que no es un viaje para ir a la playa, salir hasta las tantas, dormir a pierna suelta, piscina a tope, comer en restaurantes de 5 tenedores. Y, sin embargo, se apuntan renunciando a planes que tienen más de todo eso (aunque solo sea por quedarse en su casa). Podrían pasarse el verano de fiesta en fiesta y de piscina en piscina y se vienen a un viaje donde el plato fuerte no es otro que revisar la propia vida y pensar qué tiene que ver Jesucristo en ella, todo ello aderezado con dormir en el suelo, compartir duchas con otras 300 personas, caminatas de veinti pico kilómetros,… Pues, hablando con ellos te descubren que tienen necesidad de eso: apartarse del mundo y sus superficialidades (fiestas, alcohol, relaciones de usar y tirar, comodidades, quedarse en la cama hasta las tantas y por la noche lo mismo, etc.) para acercarse a Dios, buscar amistades con las que se puedan compartir cosas profundas y dirigir la propia vida hacia lo que la dé sentido. Si hay un miedo que se descubre entre los jóvenes y que explica su conducta, tanto entre los que van por mal camino, como los que están más centrados, es el miedo a despercidiar la vida.

Todo esto lo cuento para comentar el Evangelio de hoy donde Jesucristo pronuncia unacathopic_1488991887871313.jpg de esas frases de las que hacen pensar de verdad: No trabajéis por la comida que se acaba, sino por la comida que permanece y os da vida eterna. Pongámonos en situación. Cuando Jesucristo multiplicó los panes y los peces, la multitud trató de proclamarlo rey. Jesús no quería eso y se retiró, primero al monte a orar y luego a Cafarnaúm. Pero la gente no dejó de buscarle y, finalmente, le encontraron. Al hacerlo Jesús les habla claro y les hace cuestionarse el motivo por el que le buscan: no me buscáis porque hayáis visto signos, sino porque habéis comido hasta hartaros. Es como si les dijera “me buscáis por vuestro propio provecho y no por lo que realmente me tendríais que buscar”. Lo que les importaba era el pan y no Aquel que da el pan, que es mucho más grande. Por eso lo siguiente: No trabajéis por la comida que se acaba, sino por la comida que permanece y os da vida eterna. En el fondo está intentando ayudarles a que vayan más allá de satisfacer las necesidades materiales y abrir su vida a un horizonte más alto y más profundo.

Leer este evangelio hoy, aquí y ahora, es recibir de Dios la misma invitación que recibió la gente aquel día. Dios tambien nos invita a nosotros a reconocer en nuestra alma la necesidad de algo más que el despertar, comer, trabajar o estudiar, divertirse, dormir, vuelta a empezar. A veces somos muy básicos y nos contentamos con ello. Pero dentro de nosotros hay un deseo de plenitud que el mundo no satisface por más fotos e historias que podamos publicar para que la gente sepa lo guays que somos y qué bien nos lo estamos pasando. No. Hay más. Y ese deseo de plenitud nos descubre la grandeza de lo que Dios nos quiere dar. Por eso Jesucristo habla del pan de vida que Él da: Yo soy el pan que da vida. El que viene a mí, nunca más tendrá hambre, y el que en mí cree, nunca más tendrá sed.

29949189868_d50bddc27e_nDice el salmo 37: Sea el Señor tu delicia y Él te dará lo que pide tu corazón.  Dios no es enemigo de nuestros deseos, al revés. Pero debemos aprender que nuestros deseos cotidianos de que nos vaya bien en la vida, estemos a gusto, tengamos de todo, lo pasemos bien, tengamos a nuestros amigos cerca, no nos pase nada malo, apuntan a algo más grande que hay en nuestro corazón: el hambre y la sed de vida, de eternidad, de belleza, de bondad, de verdad, todo ello hasta la plenitud. Es el lenguaje con el que Dios nos llama a estar con Él.

Hoy le pedimos al Señor y a la Virgen que nos ayuden a dejarlo todo a un lado con tal de recuperar, renovar o hacer más fuerte nuestra relación con Cristo. Sólo Él sacia nuestra sed de bondad, belleza y vida. Está claro que cuando dice que es el Pan de vida está hablando de la Eucaristía. Ojalá podamos ver en la Eucaristía algo más que un precepto o algo más que una costumbre familiar y sea para nosotros un verdadero estar con Cristo, el alimento de nuestra alma. Llenarse de Él es llenarse de vida y darla verdadero sentido. No dejemos que nada ni nadie nos aparte de Él.

 

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